El calvario de la verdad: De Nazaret a la Colombia de hoy

El calvario de la verdad: De Nazaret a la Colombia de hoy

Por Ramón Elías Duarte Quintero

La historia de la humanidad es, en gran medida, la historia de sus injusticias. Desde el exterminio sistemático del Holocausto y el horror de Ruanda, hasta la segregación del Apartheid o la Masacre del Perejil, hemos visto cómo el odio colectivo devora naciones enteras. Sin embargo, cuando la injusticia se personaliza, cuando busca destruir a un solo hombre para silenciar una causa, el símbolo se vuelve eterno.

Recordamos a Alfred Dreyfus, humillado por un antisemitismo militar; al pequeño George Stinney Jr., cuya vida fue arrebatada a los 14 años por un sistema judicial ciego; o a Marcelino Villanueva, cuya voz por los derechos comunitarios fue apagada por las balas del miedo. Pero hay un referente que, más allá de la fe, se erige como el espejo universal de la infamia: Jesús de Nazaret.

El juicio a Jesús no fue un error judicial; fue un diseño político. Fue el uso deliberado de la calumnia y la desinformación para eliminar a quien les incomodaba porque que predicaba la justicia social y la igualdad. El proceso tuvo todos los vicios que hoy, siglos después, seguimos viendo: testigos falsos, juicios nocturnos bajo presión y una narrativa mentirosa inventada por quienes ostentaban el poder y temían perderlo. Pilato, aun reconociendo su inocencia, se lavó las manos para calmar a una multitud manipulada. El resultado fue la crucifixión del justo y la libertad del violento.

¿Qué tanto ha cambiado el mundo desde entonces?

Al observar la realidad de Colombia, el eco de esa injusticia resuena con una vigencia aterradora. Hoy, la «crucifixión» no siempre requiere clavos, sino clics y titulares falsos. Actores políticos y sociales, defensores de derechos humanos y líderes que buscan transformar estructuras de desigualdad son víctimas de una maquinaria de desinformación sistemática.

Se inventan narrativas para deshumanizar al líder social, se le tilda de criminal para justificar su persecución y se utiliza la calumnia para que, cuando llegue la violencia física o el exilio, la sociedad «se lave las manos» como Pilato, convencida de que algo habrá hecho. Al igual que con Jesús, se prefiere proteger el statu quo del privilegio antes que permitir que una voz de justicia prospere.

La muerte de Jesús nos recuerda que el poder, cuando se siente amenazado por la verdad, recurre a la mentira para asesinar el carácter antes que el cuerpo. En un país que intenta sanar sus heridas, nuestro deber ético es rechazar la calumnia como arma política. Rechazar la macabra premisa “que una mentira repetida y difundida millones de veces por redes sociales, algo queda”. No podemos seguir permitiendo que los «justos» de nuestros territorios sigan siendo sacrificados en el altar de la desinformación.

Al final, la historia no juzga a quienes gritaron en la plaza, sino a quienes, teniendo el poder de defender la verdad, prefirieron el silencio o la mentira.