En La Fe, las tierras que alguna vez fueron escenario de violencia hoy vuelven a sembrarse de maíz, yuca y futuro campesino
La tierra también tiene memoria.
Y en Astrea esa memoria está hecha de polvo, miedo y resistencia. De hombres y mujeres que aprendieron a sobrevivir incluso cuando la violencia parecía más fuerte que cualquier esperanza.
Durante años, los caminos de esta región estuvieron marcados por el silencio. Un silencio pesado, impuesto por la guerra, por las noches interminables en las que las familias apagaban temprano las lámparas para evitar el terror que rondaba los campos. Aquí, donde el canto de los gallos debía anunciar únicamente el amanecer, muchas veces terminó anunciando también el duelo.
Por eso, lo ocurrido hoy en la antigua ‘Ganadería La Fe’ no puede contarse simplemente como un procedimiento administrativo. Lo que empieza aquí tiene el peso de una reparación histórica.
Son 4.452 hectáreas que comienzan a cambiar de destino.
La Agencia Nacional de Tierras inició la actuación administrativa definitiva para adjudicar este inmenso predio a 17 formas asociativas integradas por campesinas y campesinos de la región. Detrás de esa decisión hay cerca de 650 familias que durante décadas cargaron el peso del despojo, el desplazamiento y el abandono estatal.
Familias que alguna vez tuvieron que dejarlo todo atrás. La ropa tendida.
Los cultivos. Las vacas.
Las casas levantadas con años de esfuerzo. Los sueños.
Porque Astrea conoce demasiado bien el rostro de la guerra. Sus montañas y corregimientos fueron escenario de la violencia paramilitar que azotó al Cesar a comienzos del milenio. En Santa Cecilia todavía permanece vivo el recuerdo de aquella masacre que estremeció al país y dejó doce vidas apagadas por la barbarie del Bloque Norte comandado por alias ‘Jorge 40’.
Después vino el éxodo.
Más de 350 familias huyeron para salvar la vida, dejando atrás una existencia construida con años de trabajo. Muchos caminaron hacia otros municipios del Cesar cargando apenas algunas pertenencias y una incertidumbre que parecía no terminar nunca.
Desde entonces, la tierra quedó sola.
Como esperando el regreso de quienes jamás quisieron abandonarla.
Y quizá por eso lo que ocurre hoy en ‘Ganadería La Fe’ tiene un significado distinto. Porque aquí no se habla únicamente de hectáreas. Se habla de pertenencia. De volver a echar raíces. De reconstruir lentamente una vida que la violencia intentó romper.
La historia de Bernardo Jiménez resume el alma de este momento.
Tiene las manos endurecidas por el trabajo campesino y una mirada que carga medio siglo de espera. Durante 50 años soñó con tener tierra propia sin abandonar jamás su vocación agrícola. Y cuando habló, lo hizo con la serenidad de quienes nunca dejaron de creer.
“Nosotros somos netamente campesinos y queremos poner estas tierras a disposición de nuestras familias, de nuestro departamento y de la nación para volvernos una despensa agrícola del país”.
No era solamente una declaración.
Era la voz contenida de generaciones enteras que durante décadas trabajaron tierras ajenas, sembraron riqueza para otros y sobrevivieron al abandono mientras sostenían, silenciosamente, la alimentación de todo un país.
Hoy, en Astrea, esa historia empieza lentamente a cambiar.
Porque las verdaderas transformaciones no ocurren únicamente en los documentos oficiales. Ocurren en la emoción de una madre que vuelve a
imaginar una huerta para alimentar a sus hijos. En el campesino que vuelve a mirar el horizonte sin miedo. En los jóvenes que ahora pueden pensar el campo no como condena, sino como futuro. Ocurren en las semillas que volverán a tocar una tierra que parecía destinada únicamente al dolor.
Y mientras eso sucede, Astrea empieza poco a poco a respirar distinto. Porque hay lugares donde la paz no llega con discursos.
Llega cuando una familia vuelve a sembrar. Cuando el arado reemplaza al miedo.
Cuando los niños pueden correr entre los cultivos sin escuchar disparos.
Cuando la tierra deja de ser motivo de guerra y se convierte, por fin, en oportunidad de vida.
Eso es lo que comienza hoy en ‘Ganadería La Fe’.
Un territorio que alguna vez conoció el horror empieza ahora a conocer la esperanza.
Y tal vez allí, entre el verde que volverá a crecer sobre estas hectáreas heridas, Colombia esté recordando algo esencial: que la paz verdadera siempre empieza por la tierra.
