Dejen de pelear con nuestros muertos: el dolor no tiene bando

Dejen de pelear con nuestros muertos: el dolor no tiene bando

Por: Ramón Elías Duarte Quintero 

En Colombia nos acostumbramos a una pelea muy fea: la de usar los muertos para ganar discusiones y sacar revancha política. Si alguien habla de los miles de niños que las Farc se llevaron a la guerra, el otro le responde gritando la cifra de los «falsos positivos». Parece que estuviéramos en una competencia para ver a quién le fue peor, como si el dolor fuera algo cuantificable o un concurso de cifras. 

Esa es una trampa. Cuando convertimos a las víctimas en simples números para atacar al político que no nos gusta, les estamos faltando al respeto y revictimizándolos.

Por un lado, que un grupo armado le robe la infancia a un niño es quitarle el futuro al país. Por otro lado, que un soldado -que está para defender la vida y los derechos- termine quitándole la vida a un joven inocente para hacerlo pasar por guerrillero, es la traición más grande que puede existir, porque representa una ruptura de un mandato constitucional y una traición a su deber de protección. Ambas cosas son imperdonables. No hay una «menos peor» que la otra.

Lo que pasa es que los políticos y sus áulicos usan estas tragedias como si fueran piedras para tirarse unos a otros. Y mientras ellos pelean en redes sociales, grupos de WhatsApp o en la televisión, las familias de esos jóvenes siguen sufriendo en silencio. A una mamá no le importa la ideología; le importa que su hijo no está. El vacío que siente una madre en Soacha es el mismo que siente una madre en el Meta, Antioquia, Guaviare o Caquetá a la que le quitaron a su niño para llevarlo a un campamento. 

Ya basta de decir «pero ellos mataron más» o «pero los suyos fueron más crueles». Esa forma de pensar solo nos divide más y nos vuelve fríos, generandoprofundas afectaciones emocionales y psicosociales, tanto en las víctimas directas como en la sociedad en general, produciendo un deterioro de la salud mental. 

La democracia y nuestra sociedad solo van a sanar cuando entendamos que cada vida perdida es una derrota para todos. No dejemos que nos vendan la idea de que hay víctimas «importantes» y víctimas «olvidadas» según quién fue el victimario. Cambiemos el discurso polarizador por un discurso programático y esperanzador, para que no se vuelva a repetir la historia. 

Al final del día, el dolor no es de derecha ni de izquierda. El dolor es humano, y lo mínimo que merecen quienes sufrieron la guerra es que no usemos su nombre para ganar un voto o una pelea en redes sociales.